Lo que mejor describe a un escritor son sus textos...
Memorial de mis perros muertos (fragmento)
4. El cuarto y último fue
Bobby Abasolo.
En realidad era de mi padre y se le conocía con el nom du guerre de
"el perro nihilista". Era negro y necrófilo.
Mi padre ha tenido diversas etapas en su vida. Una etapa boxeador, otra
electricista; una etapa enmascarada, otra recuperación de pelo; una etapa
marimba sinfónica, una etapa delantero de llano, otra "quiero ser negro
"y otra "tengo otra familia". Su etapa alta cocina casi lo sume
en el alcoholismo, pero le ha heredado al mundo una receta de huachinango a la
caguama que, una vez difundida, hará estragos en los círculos gastronómicos.
Bobby Abasolo procede de su etapa bicicletera, un periodo eminentemente conservacionista
en su vida. Tomaba su bicicleta, una canasta, anunciaba que se iba por las
tortillas y partía para desaparecer toda la tarde y regresar ebrio y apestosos
a pulque, con la canasta vacía, a menos de que hubiese atropellado a algo.
Mi padre es así: pega y se arrepiente, pésima costumbre para un boxeador peso
welter. Me lo imagino con cara de vergüenza detrás del referí, esperando la
cuenta protectora mientras su rival yace tumbado, musitando suplicante tras el
protector bucal "que se levante, que se levante". En su periodo
ciclista, ente que atropellaba, criatura que adoptaba. De ese modo en su
canasta aparecieron un pato, un gallo, varios gatos y a una niña muda y
famélica. La niña nos robó el contenido del refrigerador y varias muñecas, y se
desvaneció. Los gatos se quedaron, el pato se enamoró de mi madre y el gallo
cantaba a todas horas, incapaz de distinguir el día de la noche. A pesar de
esas malas experiencias, nunca renunció a adoptar todo lo que llevase encima
las huellas de su bicicleta.
Después de atropellar a Bobby Abasolo, entonces un cachorrito con sarna, le
dijo:"Si me sigues hasta mi casa, te quedas". Pese a que estaba ebrio
y las palabras debieron ser ininteligibles, el perro aceptó el reto y siguió a
mi padre a través de caminos polvorientos, tianguis tumultuosos, charcos,
pendientes y carreteras. Mi madre lo insultó, mis primitas lo amaron, Claudia
lo bañó. Y ahí llegó, con la pancita roja de rascarse, la cicatriz que el
cuchillo sin filo con el que intentaron cortarle la cola había dejado y una
mirada de tristeza que jamás pudimos quitarle. A veces un bistec, a veces una
caricia, a veces el famoso silbido matador de mi primita menor le atenuaban ese
brillo inverso, como de quien nos mirase a través de la lluvia o desde el fondo
del naufragio, pero sregresaba ese dolor del que nada sabíamos y que lo
mantenía por largas horas sentado en el sillón, la cabeza gacha, los ojos
húmedos.
El nombre se lo pusieron mis primas ante la amenaza de mi padre de llamarle
"El gordo". Lo sacaron de ese capítulo de Canuto donde Canito tiene
un amigo imaginario llamado Bobby Abasolo. Bobby se ofende cuando Canuto
sugiere que sólo es un ente imaginario, y allá vemos al pobre padre escalando
asta banderas, sumido en alcantarillas, oteando en la jaula del león porque
Canito le dice que ahí está Bobby, esperando sus disculpas. Quizá Bobby fue
nuestro amigo imaginario al que debimos pedir una disculpa en nombre de la
humanidad entera.
Aprendió a llamar a la puerta para salir y hacer del baño en el jardín, metía a
casa los gatitos de La Consentida cuando se nos escapaban tomándolos
delicadamente con su hocico, y siempre se mostró amoroso y agradecido, pero
seguía sentado al borde del sillón mirando al piso.
Hay una foto de mi padre con él: mi padre le pasa el brazo por lo hombros y el
perro mira a la cámara. Mi padre brilla como nunca en una foto y Bobby te
devuelve la mirada, y caes. Entonces mi hermano Rodolfo, en su etapa
"Ciorán es la Neta", le pusó Perro Nihilista, y le reservó las
mejores chuletas.Siempre intentamos hacerlo feliz, pero fue inútil.
Un día mi madre se levantó para ir a su trabajo y notó una pestilencia
espantosa. Abrió la puerta y había un perro muerto tendido. Mi padre amenazó a
los vecinos y confortó a Bobby. Asumía que era una amenaza velada. Pero los
perros muertos siguieron apareciendo al pie de su puerta.
Al final, descubrieron que era Bobby quien los traía desde la carretera,
arrastrándolos amorosamente, a tirones de hocico, atravesando el
estacionamiento, los juegos infantiles, el jardín. Nadie tuvo coraje para
regañarlo. Cavábamos en el jardín y cubríamos de tierra al perro víctima de la
carretera, de los chóferes sin compasión. Mis primas, aunque el Libro del Buen
Mormón hubiera establecido que los animales no tienen alma, decían una oración
y a veces confeccionaban cruces. La más pequeña empezó a beber coca cola.
Dejaron de jugar en el jardín y desde la ventana enumeraban las tumbas: aquí
está el gris, aquí el mechudito, aquí el que tenía el collar dorado.
Las primeras pústulas no tardaron en aparecer sobre el hocico de Bobby. Después
en el pecho y en todo su cuerpo. El veterinario dijo que la infección se debía
al contacto con los cuerpos putrefactos y que su propagación era inevitable.
Hablamos con Bobby por turnos, en grupo, con dibujos, pero los perros seguían
apareciendo en nuestra puerta. No hubo forma de hacerle entender.
Lo pusimos a dormir cuando la enfermedad ya no le dejaba salir. Mi padre quiso
llevarlo en brazos al veterinario, pero le dolía hasta el mínimo contacto. Lo
siguió caminando, con la cabeza gacha, los ojos húmedos..
Ahora duerme en el jardín,
entre los perros atropellado; encima le crecen flores, de esas que nadie
siembra y que no tienen nombre.
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